Aprendí que los peces nadan y la aves vuelan. Que los políticos mienten, que la tierra es redonda. Que la gente es falsa, que todo el mundo tiene dos caras. Aprendí que la suma de dos y dos son cuatro, que hay que dar más de lo que se recibe. Que no hay que ilusionarse demasiado. que la vida es un regalo. Me enseñaron que el futuro no está escrito, que el universo es infinito y que nosotros somos personas diminutas, casi inexistentes. Aprendí que el tiempo pasa, que las arrugas salen, que los pechos se caen y que la belleza no es lo más importante. Aprendí a no creer en las promesas, a confiar en casi nadie y a contar con los dedos de una mano.
Me gusta pensar que en el mundo habitan más buenas personas que malas. Tal vez me equivoque y las estadísticas digan lo contrario. Pero qué más da, yo no hago estadísticas y a mí me gusta pensar que las buenas personas son multitud. A veces, como argentina se me hace difícil porque nosotros estamos acostumbrados a mirar al otro con cierta prudencia, desconfianza y porque prejuzgar ya es deporte (me incluyo, obvio). Quizás, a causa de los hechos de inseguridad que vivimos a diario, de la agresividad con la que afrontamos cualquier situación y la falta de tolerancia hacia el otro. Quizás, porque nos cansamos de que nos tomen de tontos. Nos acostumbramos a dudar de todo, de todos. Y no digo que este mal dudar, pero llegamos al punto de pensarnos mal, lo que lleva a creer que el otro es malo, no importa la situación que sea y que algo malo nos viene a hacer. Sin embargo, hace poco alguien me dijo: “A veces los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Estoy de acuerdo. Por e...
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