Lo curioso de todo ésto es que es una situación totalmente contradictoria. Eres la persona a la que digo que quiero echar de mi vida, pero a la vez eres la única persona que me hace sentir que valgo algo últimamente. La única persona que de verdad me demuestra día a día que quiere saber cómo me ha ido el día y que quiere escuchar mis problemas y mis cosas divertidas. La única persona que me ha llamado ésta semana. Y éso debería valer. La gente está muy ocupada con su vida. Y tú, tú también estás ocupado pero aún así te encanta buscar huecos para mí. Te esfuerzas por conocerme aunque yo no te deje. De alguna manera, aunque me muestre distante, te necesito. Y éso, se supone, que debería bastar. Egoístamente hablando, claro.
Me gusta pensar que en el mundo habitan más buenas personas que malas. Tal vez me equivoque y las estadísticas digan lo contrario. Pero qué más da, yo no hago estadísticas y a mí me gusta pensar que las buenas personas son multitud. A veces, como argentina se me hace difícil porque nosotros estamos acostumbrados a mirar al otro con cierta prudencia, desconfianza y porque prejuzgar ya es deporte (me incluyo, obvio). Quizás, a causa de los hechos de inseguridad que vivimos a diario, de la agresividad con la que afrontamos cualquier situación y la falta de tolerancia hacia el otro. Quizás, porque nos cansamos de que nos tomen de tontos. Nos acostumbramos a dudar de todo, de todos. Y no digo que este mal dudar, pero llegamos al punto de pensarnos mal, lo que lleva a creer que el otro es malo, no importa la situación que sea y que algo malo nos viene a hacer. Sin embargo, hace poco alguien me dijo: “A veces los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Estoy de acuerdo. Por e...
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