Aprendí
que el tiempo no cierra pero ayuda a sanar. Aprendí a escuchar cuando oí silencio.
Aprendí a pedir perdón cuando me di
cuenta del error. Aprendí a levantar la cabeza cuando sentí odio y aprendí
a llorar cuando me di cuenta de que no valió la pena. Aprendí a reír cuando
soñé con tu sonrisa. Aprendí a recordar
cuando entendí que todo vale la pena. Aprendí que a veces no termina, que
cambia de forma. Aprendí que nada es tan malo y que me gusta caminar en una
carrera. Aprendí que hay que rodear y llegar al otro lado para darse cuenta de
que siempre es lo mismo. Aprendí que los amores eternos pueden terminar en una
noche, que grandes amigos pueden volverse grandes desconocidos. Aprendí que
nunca conocemos a una persona de verdad, que todavía no inventaron nada mejor
que el abrazo de mamá. Aprendí que el que quiere puede y lo consigue. Aprendí
que a veces el que arriesga no pierde nada y que perdiendo también se gana.
Me gusta pensar que en el mundo habitan más buenas personas que malas. Tal vez me equivoque y las estadísticas digan lo contrario. Pero qué más da, yo no hago estadísticas y a mí me gusta pensar que las buenas personas son multitud. A veces, como argentina se me hace difícil porque nosotros estamos acostumbrados a mirar al otro con cierta prudencia, desconfianza y porque prejuzgar ya es deporte (me incluyo, obvio). Quizás, a causa de los hechos de inseguridad que vivimos a diario, de la agresividad con la que afrontamos cualquier situación y la falta de tolerancia hacia el otro. Quizás, porque nos cansamos de que nos tomen de tontos. Nos acostumbramos a dudar de todo, de todos. Y no digo que este mal dudar, pero llegamos al punto de pensarnos mal, lo que lleva a creer que el otro es malo, no importa la situación que sea y que algo malo nos viene a hacer. Sin embargo, hace poco alguien me dijo: “A veces los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Estoy de acuerdo. Por e...
Comentarios
Publicar un comentario