“Como me
gustaría que mundo volviera a ser cursi. Que la humanidad recuperara el sentido
romántico de la vida y junto con él, la tradición de los noviazgos largos, las
serenatas, las cartitas perfumadas, los apretones de manos entre las rejas de
los balcones. Como me gustaría vivir en un mundo más discreto y decente, donde
el amor fuera una necesidad del alma y no un capricho del culo. Pero qué le
vamos a hacer: me tocó vivir una época insensible, deshumanizada, obscena, en
la que nadie respeta ya los sentimientos del prójimo.”
Me gusta pensar que en el mundo habitan más buenas personas que malas. Tal vez me equivoque y las estadísticas digan lo contrario. Pero qué más da, yo no hago estadísticas y a mí me gusta pensar que las buenas personas son multitud. A veces, como argentina se me hace difícil porque nosotros estamos acostumbrados a mirar al otro con cierta prudencia, desconfianza y porque prejuzgar ya es deporte (me incluyo, obvio). Quizás, a causa de los hechos de inseguridad que vivimos a diario, de la agresividad con la que afrontamos cualquier situación y la falta de tolerancia hacia el otro. Quizás, porque nos cansamos de que nos tomen de tontos. Nos acostumbramos a dudar de todo, de todos. Y no digo que este mal dudar, pero llegamos al punto de pensarnos mal, lo que lleva a creer que el otro es malo, no importa la situación que sea y que algo malo nos viene a hacer. Sin embargo, hace poco alguien me dijo: “A veces los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Estoy de acuerdo. Por e...
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