Los días me duelen y las noches me
hacen llorar. La ansiedad se apodera de mi, la garganta se me cierra y la comida
no la puedo digerir. Llevo tiempo siendo infeliz y los ratos mas felices no los
logro distinguir. Mientras escribo, la piel de mi cara se descama, las lágrimas me arden y la historia se vuelve a repetir. Vivo con las ganas de escapar cada vez que voy a un lugar y al mismo tiempo no quiero estar en ningún lugar. Mama finge estar
preocupada y habla con el entorno (menos conmigo). Algo tengo. Papa en su
mundo, parece no darse cuenta de lo que sucede alrededor (tampoco habla conmigo).
Los hermanos están afuera, están salvados. Las personas me hablan pero no logro
atenderlas. Mi mente viaja pero no sé a dónde. La sonrisa no se asoma hace dias y la gente se empieza a molestar. Las cosas me dejaron de interesar. Me duele el pecho, también la vida. Algo tengo.
Me gusta pensar que en el mundo habitan más buenas personas que malas. Tal vez me equivoque y las estadísticas digan lo contrario. Pero qué más da, yo no hago estadísticas y a mí me gusta pensar que las buenas personas son multitud. A veces, como argentina se me hace difícil porque nosotros estamos acostumbrados a mirar al otro con cierta prudencia, desconfianza y porque prejuzgar ya es deporte (me incluyo, obvio). Quizás, a causa de los hechos de inseguridad que vivimos a diario, de la agresividad con la que afrontamos cualquier situación y la falta de tolerancia hacia el otro. Quizás, porque nos cansamos de que nos tomen de tontos. Nos acostumbramos a dudar de todo, de todos. Y no digo que este mal dudar, pero llegamos al punto de pensarnos mal, lo que lleva a creer que el otro es malo, no importa la situación que sea y que algo malo nos viene a hacer. Sin embargo, hace poco alguien me dijo: “A veces los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Estoy de acuerdo. Por e...
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